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Somos Ciudadanos: Ciclo homenaje a Estanislao Zuleta

septiembre 12, 2017 Add Comment
Para conmemorar los 80 años del natalicio y los 25 años de la muerte del gran pensador Estanislao Zuleta, Somos Ciudadanos colaboró en la realización de diversas actividades en memoria de su vida y obra, durante los meses de marzo a Mayo, en diversas universidades públicas y privadas de ciudades como Bogotá, Cali, Medellín y Bucaramanga.
El ciclo homenaje a Zuleta tuvo como invitado especial al connotado escritor colombiano William Ospina y contó con la presencia de pensadores y académicos de la talla de Hector León Moncayo, Miguel Angel Herrera, Jaime Zuluaga, Hernán Darío Correa así como la intervención del poeta y escritor Eduardo Gómez.
El alma de Estanislao estuvo presente en el corazón de los espectadores, en su mayoría jóvenes, quienes colmaron diversos auditorios y recintos para recordar al maestro, sin mitificarlo ni idolatrarlo.

El día de la ciudadanía

diciembre 06, 2016 Add Comment

El papel de los ciudadanos frente al proceso de paz fue importante en 2016, pero el escritor William Ospina que ha estudiado el tema a fondo reclama más compromiso de cada uno y de todos.

Por: William Ospina / El Espectador

Alguna vez, en tiempos del Caguán, le preguntaron al Mono Jojoy si la guerrilla pensaba entregar las armas y él respondió: “¿Usted cree que estarían hablando con nosotros si no estuviéramos armados?”. Esa frase revela una de las claves de la manera de gobernar de nuestra dirigencia.

Siempre he sido partidario de los acuerdos que conduzcan a la desmovilización de los insurgentes, al fin negociado de los conflictos, pero no dejo de preguntarme por qué cada cierto tiempo se hace aquí una negociación con los que se alzan en armas, pero nunca se escucha la voz de la ciudadanía pacífica que reclama cambios históricos desde hace mucho tiempo.

Dicen que hoy los guerrilleros pueden llegar a ser 20.000: eso es apenas una tercera parte de los ciudadanos que acuden a la Plaza de Bolívar a exigir, por ejemplo, la implementación inmediata de los acuerdos.

En el proceso de negociación que acabamos de vivir, el Gobierno siempre dijo, con razón, que no estaba dispuesto a negociar el modelo económico y social del país porque esas reformas no pueden ser el tema de una negociación con la guerrilla. Colombia lleva décadas aplazando las grandes reformas que necesita, y está claro que no puede ser con la guerrilla con quien se acuerden esos cambios, pero sí tiene que ser con la ciudadanía pacífica que paga sus impuestos, respeta la ley y exige un verdadero proyecto de modernidad.

Cada vez que se discute sobre el tema de la paz el Gobierno repite que la firma de los acuerdos no es todavía la paz, sino una de las condiciones previas para que echemos a andar la construcción de la paz, que será un ejercicio de toda la ciudadanía. Ahora bien, ¿debe limitarse la ciudadanía a los temas que el Gobierno ha acordado con la guerrilla, o tiene derecho a formular sus propias expectativas?

En una democracia la ciudadanía tendría que tener todos los derechos, pero a menudo siento que nos sirven en el plato una ración de democracia tan estrecha que lo único sobre lo que se puede opinar es sobre lo que los gobiernos acuerdan con esos interlocutores sucesivos, afirmados en la fuerza de las armas, paradójicamente legitimados por su ilegalidad.

Desde el plebiscito del 2 de octubre, las facciosas dirigencias colombianas han retomado su costumbre de sentirse las únicas voceras de la nación, aunque sólo el 20 % de los ciudadanos apoyó el Sí, sólo otro 20 % apoyó el No y un 60 % les dio la espalda a los acuerdos. Los políticos se defienden diciendo que esa abstención tan alta es una tradición nacional y no un rechazo al sistema. Pero la verdad es que un apoyo entusiasta no es.

Si hasta en Estados Unidos, donde la democracia es un poco más visible y operante, la gente se ha expresado contra la política tradicional, podemos presumir que aquí, donde todo el mundo está insatisfecho del país que tenemos, esa negativa a participar por lo menos indica indiferencia o desconfianza. Sería más entendible en una elección presidencial, pero no en un asunto tan vital, concreto y sensible como la paz.

Habría que decirlo en términos más enfáticos: una paz a la que sólo apoya el 20 % del electorado y a la que el 80 % le da la espalda no sólo es poco prometedora, sino que ni siquiera es auspiciosa para sus propios protagonistas, y de entrada no parece tener garantías reales de aplicabilidad.

Yo creo que este acuerdo no garantiza la paz que promete, pero estoy seguro de que algunos políticos, o quizá todos, quieren convertirlo en el tema del próximo debate electoral. Y me parece un error que este acuerdo se convierta en el tema central del debate electoral, porque la agenda nacional es mucho más amplia, y porque, si se me permite decirlo, los principales temas de la agenda nacional no están incluidos en el acuerdo. ¿Tendríamos que renunciar los ciudadanos a nuestro derecho a exigir otro país, otra agenda nacional, sólo porque no fue el tema que se discutió con la guerrilla? Ese es un asunto sobre el que me parece urgente reflexionar.

A mi modo de ver, tres grandes fallas estructurales tuvo este proceso de negociación, incluso si obtuviera esta semana el apoyo de todos lo que rechazaron los acuerdos en el plebiscito:

1. Ser un proceso diseñado a espaldas de la gente, por supuestos expertos que lo único que intentan es mantener intacto su protagonismo, lejos de la vereda y del barrio. Hasta Pepe Mujica señaló lo que muchos hemos dicho: que la ciudadanía miró ese proceso como desde un balcón. Y hay que añadir que la falta de voluntad del Gobierno para convocar a la ciudadanía a formar parte del proceso, a ser quien recibiera a los desmovilizados en la legalidad y garantizara su seguridad, sólo puede entenderse por la desconfianza de la dirigencia en la gente, por el temor de que el proceso de paz se convierta en un despertar de la iniciativa ciudadana, pero es también la causa de que el acuerdo haya sido respaldado de manera tan tibia.

2. El segundo defecto es ser un proceso que pone el énfasis en el pasado y no en el futuro, por eso se extenúan en la búsqueda de culpables y se pierden en inútiles e inalumbrables laberintos jurídicos. Después de tantos años de guerra, en la que se cometieron por parte de todos los bandos todos los crímenes, las soluciones tienen que ser políticas y no jurídicas. Es absurdo que quieran pasar de sesenta años de guerras en los campos a sesenta años de tribunales y de acusaciones recíprocas, sin acceder jamás al día siguiente de la guerra, al día de la reconciliación.

3. El tercer problema es ser un proceso que no asume la modificación de las causas profundas de la guerra ni de las condiciones que la hicieron posible durante medio siglo. Una propuesta de paz sin verdadero componente social parece diseñada más bien para impedir los grandes cambios históricos que requiere la ciudadanía.

Son varios los temas centrales que no se tocaron en los acuerdos de La Habana. El primero es la juventud. ¿Cómo se puede hacer la paz sin una política de juventudes, sin una política de ingreso social, de empleo, de acceso a la educación, de ejercicios de acompañamiento de los jóvenes a la comunidad y de liderazgo cultural, cuando todos sabemos que en Colombia la juventud es la guerra, y una de las razones de la violencia es que muchos jóvenes no encuentran otro proyecto de vida que el que les brindan el ejército nacional, las guerrillas, los paramilitares, las bandas criminales, el narcotráfico, el microtráfico y las mil variedades de la delincuencia común?

El segundo es el tema urbano. ¿Cómo se puede hacer la paz sin un proyecto urbano verdaderamente renovador en términos económicos y sociales? El tema urbano, por supuesto, escapa a las consideraciones de un conflicto que se postula como fundamentalmente agrario y rural. Pero una paz que no se pregunte por el presente y el porvenir de nuestras ciudades no puede prometernos una sociedad mejor.

El tercero es el tema cultural. ¿Quién puede negar que la cultura es central para superar nuestra crisis de convivencia? Sin embargo, ni al Gobierno ni a la guerrilla, ni a la clase política, parece preocuparles el tema de la convivencia, no entienden que ese sea fundamentalmente un tema cultural: de diálogo, de memoria histórica, de solidaridad, de reencuentros, de ejercicios colectivos, de creatividad, de imaginación, de símbolos, de relatos del país que hemos vivido todos y del país que tenemos que proponernos juntos.

¿Y de veras creen que el problema del narcotráfico puede resolverse dentro del esquema de la fracasada política contra las drogas, de la fumigación de cultivos o su erradicación manual, de la guerra convencional contra el narcotráfico y de la criminalización del consumo? ¿Hasta cuándo nos van a hacer creer que sin enfrentar de otro modo el problema de la droga, que una política imperial equivocada ha hecho crecer en los últimos cuarenta años, y que nos ha costado ya tanta sangre en vano, será posible superar en Colombia el problema de la violencia?

Con todo, el tema más importante y más urgente, y que compromete a todos los otros, es el tema ambiental. Porque el cambio climático se ha convertido en el tema prioritario y desesperadamente urgente de la agenda global: la sustitución de fuentes de energía, la incorporación inaplazable de las energías limpias al modelo energético, la reforestación, la protección de los páramos, la salvación de las cuencas, la recuperación de los ríos, la defensa del agua.

A eso se añade el tema de la salud pública vinculada a una estrategia de alimentos, de higiene y de educación, el tema de una nueva relación con la naturaleza, y el tema de la educación enfrentada al desafío de no formar solamente operarios y técnicos sino ciudadanos conscientes de su país y de su época, y seres humanos responsables enfrentados a la crisis de la civilización.

El acuerdo es una de las condiciones de la paz, pero la paz es algo mucho más amplio e igualmente urgente. Y no creo que limitarse al acuerdo sea el camino para llegar a la paz amplia y generosa que el país requiere. Tal vez los otros temas no haya que discutirlos con la guerrilla en la mesa de negociación, pero sí hay que discutirlos con la ciudadanía.

Siempre nos dicen: de eso hablamos más tarde, por ahora, lo urgente. Pues no. Durante cincuenta años no se podía hablar de las grandes reformas que el país necesitaba porque había una guerra, estábamos siempre en emergencia, lo urgente era otra cosa. Ahora no se puede hablar de las grandes reformas que el país necesita, porque lo urgente es terminar la guerra. Pero también nos dicen que ni siquiera estamos terminando el conflicto, sino uno de los factores del conflicto. De modo que esa gradualidad que nos plantean no es más que una coartada. Equivale a decir: por ahora hablamos con el que nos amenaza, ya llegará el tiempo para hablar con el ciudadano. Pero como nunca se resuelven los problemas de fondo, siempre surgen y surgen nuevos factores de perturbación y de amenaza, y el día de la ciudadanía no llega nunca.

Entonces es esto lo que quería decir: que la ciudadanía no puede esperar a que llegue su día, porque el día de una ciudadanía pasiva, que simplemente espera, no llega nunca. Que firmen el acuerdo con la guerrilla y que lo implementen enseguida si pueden, que el Gobierno responda por su cumplimiento y por sus beneficios, con las herramientas que ha puesto en sus manos la Constitución, que firmen acuerdos con todos los actores armados, que se desmovilicen y se reintegren a la legalidad, ahora que saben que la guerra es inútil y nadie va a ganarla. Esa es una tarea que debe cumplir el Gobierno, ojalá con la participación de los ciudadanos. Pero que el debate sobre las grandes reformas que el país requiere, el debate sobre los cambios estructurales que nos pongan de verdad en el siglo XXI y en la modernidad, no se convierta en el último punto de la agenda pública.

Es urgente debatir sobre una economía que ha sido revertida al extractivismo del siglo XVI, sobre la contracción agrícola e industrial que puso al país a depender sin que nadie lo admita del negocio de la droga y del lavado de activos. Es urgente repensar el orden territorial para superar la maldición del centralismo. Y todo eso, ¿para cuándo lo dejaremos? Yo diría sí a este acuerdo precario e insuficiente siquiera para que por fin podamos hablar de otra cosa, para que por fin le abramos las puertas, no al futuro, sino siquiera al presente del mundo para las nuevas generaciones.

Se sabe que todo esto tendrá que pasar, tarde o temprano, por un proceso constituyente. Y hasta lo mejor es que no sea todavía, para que la ciudadanía, y sobre todo las nuevas generaciones, tengan tiempo de preparar ese debate apasionante. Pero yo señalaría desde ya una necesidad de método para superar el estilo que se vivió en la Constituyente del año 91. Hay que superar los vicios del santanderismo: eso de pensar que el orden constitucional es un mero tema formal y jurídico. No hay que debatir sobre el orden del país en términos meramente técnicos y jurídicos, eso corresponde más bien a un proceso final de redacción y de debate. De lo que se trata es de formular los temas y los problemas en términos directos y prácticos, en un diálogo que vaya mucho más allá de las disciplinas académicas, que tenga que ver con la vida real de los ciudadanos en este territorio y en esta época.

Estamos en el cuarto país más desigual del mundo; estamos destruyendo la más exquisita fábrica de agua del planeta; estamos permitiendo la extenuación de nuestros ríos; la economía extractiva está sacrificando el territorio; estamos en mora de asumir el desafío pionero de instaurar el cambio del modelo energético: nos dirán que ese es un desafío para los países avanzados, pero si fuimos capaces de echar a andar en su momento, hace más de un siglo, la segunda aerolínea comercial del mundo, por qué no vamos a echar a andar entre los primeros la energía eólica y la energía solar en esta franja privilegiada por el sol de la región equinoccial; un diseño económicamente irracional nos sigue dejando en manos del narcotráfico y del lavado de activos; estamos en mora de emprender un proyecto masivo de reforestación que podría ser un camino para brindar ingreso social y destino solidario a una multitud de cientos de miles de jóvenes que necesitan integrarse a la economía, a una dinámica de responsabilidad histórica y a un proyecto nacional con sentido global; estamos necesitando rediseñar nuestro modelo democrático para corregir los gravísimos males del clientelismo y de la manipulación de electorados, y para superar un esquema de indiferencia ciudadana y de apatía política que nace de la exclusión, de la corrupción y de la falta de pasión y compromiso; estamos urgidos de fortalecer un proceso de conocimiento y de orgullo del territorio, rediseñar nuestra agricultura, potenciar nuestra industria atendiendo a las prioridades ambientales de la época; necesitamos asumir el liderazgo que nos corresponde en un país que participa de las grandes regiones físicas y culturales del continente; tenemos tareas minuciosas y apasionantes para décadas, y es de eso que no quieren que hablemos, quieren que nos resignemos a la mezquina agenda que nos receta nuestra dirigencia, y a la que ella misma ni siquiera parece capaz de echar a andar. Superemos de verdad el conflicto, superemos las causas reales de tanta violencia, de tanto atraso y de tanta brutalidad, en el país con más desaparecidos del hemisferio occidental, exijamos también democracia ya, energías limpias ya, juventud con futuro ahora, que llegue el momento de debatir todos los temas, y que llegue por fin el día de la ciudadanía.

*Poeta, novelista, autor de libros de ensayo como Las auroras de sangre, ¿Dónde está la franja amarilla? y Pa’ que se acabe la vaina.

William Ospina: Preguntas para una nueva educación

octubre 25, 2016 Add Comment

Texto realizado por William Ospina para el Congreso de las Metas Educativas 2021 realizado en septiembre de 2010 en la ciudad de Buenos Aires (Argentina).

Por: William Ospina

Cada cierto tiempo circula por las redacciones de los diarios una noticia según la cual muchos jóvenes ingleses no creen que Winston Churchill haya existido, y muchos jóvenes norteamericanos piensan que Beethoven es simplemente el nombre de un perro o Miguel Angel el de un virus informático. Hace poco tuve una larga conversación con un joven de veinte años que no sabía que los humanos habían llegado a la luna, y creyó que yo lo estaba engañando con esa noticia.

Estos hechos llaman la atención por sí mismos, pero sobre todo por la circunstancia de que pensamos que nunca en la historia hubo una humanidad mejor informada. En nuestro tiempo recibimos día y noche altas y sofisticadas dosis de información y de conocimiento: ver la televisión es asistir a una suerte de aula luminosa donde se nos trasmiten sin cesar toda suerte de datos sobre historia y geografía, ciencias naturales y tradiciones culturales; continuamente se nos enseña, se nos adiestra y se nos divierte; nunca fue, se dice, tan entretenido aprender, tan detallada la información, tan cuidadosa la explicación. Pero ¿será que ocurre con la sociedad de la información lo que decía Estanislao Zuleta de la sociedad industrial, que la caracteriza la mayor racionalidad en el detalle y la mayor irracionalidad en el conjunto?

Podemos saberlo todo de cómo se construyó la presa de las tres gargantas en China, de cómo se hace el acero que sostiene los rascacielos de Chicago, de cómo fue el proceso de la Revolución Industrial, de cómo fue el combate de Rommel y Patton por las dunas de África. ¿Por qué a veces sentimos también que no ha habido una época tan frívola y tan ignorante como ésta, que nunca han estado las muchedumbres tan pasivamente sujetas a las manipulaciones de la información, que pocas veces hemos sabido menos del mundo?

Nada es más omnipresente que la información, pero hay que decir que los medios tejen cotidianamente sobre el mundo algo que tendríamos que llamar “la telaraña de lo infausto”. El periodismo está hecho sobre todo para contarnos lo malo que ocurre, de manera que si un hombre sale de su casa, recorre la ciudad, cumple todos sus deberes, y vuelve apaciblemente a los suyos al atardecer, eso no producirá ninguna noticia. El cubrimiento periodístico suele tender, sobre el planeta, la red fosforescente de las desdichas, y lo que menos se cuenta es lo que sale bien. Nada tendrá tanta publicidad como el crimen, tanta difusión como lo accidental, nada será más imperceptible que lo normal. En otros tiempos, la humanidad no contaba con el millón de ojos de mosca de los medios zumbando desvelados sobre las cosas, y es posible que ninguna época de la historia haya vivido tan asfixiada como esta por la acumulación de evidencias atroces sobre la condición humana. Ahora todo quiere ser espectáculo, la arquitectura quiere ser espectáculo, la caridad quiere ser espectáculo, la intimidad quiere ser espectáculo, y una parte inquietante de ese espectáculo es la caravana de las desgracias planetarias.

Nuestro tiempo es paradójico y apasionante, y de él podemos decir lo que Oscar Wilde decía de ciertos doctores: “lo saben todo pero es lo único que saben”. El periodismo no nos ha vuelto informados sino noveleros; la propia dinámica de su labor ha hecho que las cosas sólo nos interesen por su novedad: si no ocurrieron ayer sino anteayer ya no tienen la misma importancia.

Por otra parte, la humanidad cuenta con un océano de memoria acumulada; al alcance de los dedos y de los ojos hay en los últimos tiempos un depósito universal de conocimiento, y parecería que casi cualquier dato es accesible; sin embargo tal vez nunca había sido tan voluble nuestra información, tan frágil nuestro conocimiento, tan dudosa nuestra sabiduría. Ello demuestra que no basta la información: se requiere un sistema de valores y un orden de criterios para que ese ilustre depósito de memoria universal sea algo más que una sentina de desperdicios.

Es verdad que solemos descargar el peso de la educación en el llamado sistema escolar, olvidando el peso que en la educación tienen la familia, los medios de comunicación y los dirigentes sociales. Hoy, cuando todo lo miden sofisticados sondeos de opinión, deberíamos averiguar cuánto influyen para bien y para mal la constancia de los medios y la conducta de los líderes en el comportamiento de los ciudadanos.

Cuenta Gibbon en la “Declinación y caída del Imperio Romano” que, cuando en Roma existía el poder absoluto, en tiempos de los emperadores, dado que en cada ser humano prima siempre un carácter, con cada emperador subía al trono una pasión que por lo general era un vicio: con Tiberio subió la perfidia, con Calígula subió la crueldad, con Claudio subió la pusilanimidad, con Nerón subió el narcismo criminal, con Galba la avaricia, con Otón la vanidad, y así se sucedían en el trono de Roma los vicios, hasta que llegó Vitelio y con él se extendió sobre Roma la enfermedad de la gula. Pero curiosamente un día llegó al trono Nerva, y con él se impuso la moderación, lo sucedió Trajano y con él ascendió la justicia, lo sucedió Adriano y con él reinó la tolerancia, llegó Antonino Pío y con él la bondad, y finalmente con Marco Aurelio gobernó la sabiduría, de modo que así como se habían sucedido los vicios, durante un siglo se sucedieron las virtudes en el trono de Roma. Tal era en aquellos tiempos, al parecer, el poder del ejemplo, el peso pedagógico de la política sobre la sociedad.

En nuestro tiempo el poder del ejemplo lo tienen los medios de comunicación: son ellos los que crean y destruyen modelos de conducta. Pero lo que rige su interés no es necesariamente la admiración por la virtud ni el respeto por el conocimiento. No son la cordialidad de Whitman, la universalidad de Leonardo, la perplejidad de Borges, la elegante claridad de pensamiento de Oscar Wilde, la pasión de crear de Picasso o de Basquiat, o el respeto de Pierre Michon por la compleja humanidad de la gente sencilla, lo que gobierna nuestra época sino el deslumbramiento ante la astucia, la fascinación ante la extravagancia, el sometimiento ante los modelos de la fama o la opulencia. Podemos admirar la elocuencia y ciertas formas de la belleza, pero admiramos más la fuerza que la lucidez, más los ejemplos de ostentación que los ejemplos de austeridad, más los golpes bruscos de la suerte que los frutos de la paciencia o de la disciplina.

Quiero recordar ahora unos versos de T. S. Eliot: “¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir? ¿Dónde la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información? Veinte siglos de historia humana nos alejan de Dios y nos aproximan al polvo”. Es verdad que vivimos en una época que aceleradamente cambia costumbres por modas, conocimiento por información, y saberes por rumores, a tal punto que las cosas ya no existen para ser sabidas sino para ser consumidas. Hasta la información se ha convertido en un dato que se tiene y se abandona, que se consume y se deja.

No sólo hay una estrategia de la provisión sino una estrategia del desgaste, pues ya se sabe que no sólo hay que usar el vaso, hay que destruirlo inmediatamente. La publicidad tiene previsto que veremos los anuncios comerciales pero también que los olvidaremos: por eso las pautas son tan abundantes. Por la lógica misma de los medios modernos, bastaría que un gran producto dejara de anunciarse, aunque tenga una tradición de medio siglo, y las ventas bajarían considerablemente.

“Todo sucede y nada se recuerda en esos gabinetes cristalinos”, dice un poema de Jorge Luis Borges que habla de los espejos. Podemos decir lo mismo de las pantallas que llenan el mundo. Y corresponderá tal vez a la psicología o a la neurología descubrir si los medios audiovisuales sí tienen esa capacidad pedagógica que se les atribuye, o si pasa con ellos lo mismo que con los sueños del amanecer, que después de habernos cautivado intensamente, se borran de la memoria con una facilidad asombrosa. Pero el propósito principal de la programación de televisión, por mucho contenido pedagógico que tenga, no es pedagógico sino comercial, y lo mismo ocurre ahora con la industria editorial: así los bienes que comercialicen sean bienes culturales, su lógica es la lógica del consumo, y por ello les interesan por igual los malos libros que los buenos, no siempre hay un criterio educativo en su trabajo. Un pésimo libro que se venda bien, a lo sumo puede ser justificado como un momento que ayudará a atenuar las pérdidas de los buenos libros que se venden mal.

La inevitable conclusión es que las cosas demasiado gobernadas por el lucro no pueden educarnos, porque están dispuestas a ofrecernos incluso cosas que atenten contra nuestra inteligencia si el negocio se salva con ellas, del mismo modo que las industrias de alimentos y de golosinas están dispuestas a ofrecernos cosas ligeramente malsanas si el negocio lo justifica. Tendría que haber alguna instancia que nos ayude a escoger con criterio y con responsabilidad, y es entonces cuando nos volvemos hacia el sistema escolar con la esperanza de que sea allí donde actúan las fuerzas que nos ayudarán a resistir esta mala fiebre de información irresponsable, de conocimiento indigesto, de alimentos onerosos, de pasatiempos dañinos.

A lo largo de la vida entera aprendemos, y si bien los años que vamos a la escuela son decisivos, al llegar a ella ya han ocurrido algunas cosas que serán definitivas en nuestra formación, y después de salir, toda la vida tendremos que seguir formándonos. Yo a veces hasta he llegado a pensar que no vamos a la escuela tanto a recibir conocimientos cuanto a aprender a compartir la vida con otros, a conseguir buenos amigos y buenos hábitos sociales. Suena un poco escandaloso pensar que vamos a la escuela a conseguir amigos antes que a conseguir conocimientos, y no puede decirse tan categóricamente, pero hay una anécdota que siempre me pareció valiosa. El poeta romántico Percy Bysshe Shelley, que perdió la vida por empeñarse en navegar en medio de una tormenta en la bahía de Spezia, fue siempre un hombre rebelde y solitario. Se dice que después de su muerte su mujer, Mary Wollstonecraft, llevó a los hijos de ambos a un colegio en Inglaterra, y al llegar preguntó cuáles eran los criterios de la educación en esa institución: “Aquí enseñamos a los niños a creer en sí mismos”, le dijeron. “Oh, dijo ella, eso fue lo que hizo siempre su pobre padre. Yo preferiría que los enseñaran a convivir con los demás”.

A veces me pregunto si la educación que trasmite nuestro sistema educativo no es a veces demasiado competitiva, hecha para reforzar la idea de individuo que forjó y ha fortalecido la modernidad. Todo nuestro modelo de civilización reposa sobre la idea de que el hombre es la medida de todas las cosas, de que somos la especie superior de la naturaleza y que nuestro triunfo consistió precisamente en la exaltación del individuo como objetivo último de la civilización. En estos días me llamó la atención ver que las pruebas universitarias tienden a fortalecer sus instrumentos para detectar cuándo los alumnos que están presentando sus exámenes cometen el pecado de aliarse con otros para responder, y copian las respuestas. Pero tantas veces en la vida necesitamos de los otros, que pensé que también debería concederse algún valor a la capacidad de aliarse con los demás. ¿Por qué tiene que ser necesariamente un error o una transgresión que el que no sabe una respuesta busque alguien que la sepa? Conozco bien la respuesta que nos daría el profesor: en ciertos casos específicos estamos evaluando lo que el alumno ha aprendido, no lo que ha aprendido su vecino, y no podemos estimular la pereza ni la utilización oportunista del saber del otro. Todo eso está muy bien, pero no sé si se desaprovecha para fines educativos la capacidad de ser amigos, de ser compañeros e incluso de ser cómplices. Y dado que todo lo que se memoriza finalmente se olvida, más vale enseñar procedimientos y maneras de razonar que respuestas que puedan ser copiadas.

Todo eso nos lleva a la pregunta de lo que es verdaderamente saber. A veces es algo que tiene que ver con la memoria, a veces, con la destreza, a veces, con la recursividad. Si los estudiantes tienen que dar, todos, la misma respuesta, es fácil que haya quienes copien la del vecino. Pero ello sólo es posible en el marco de modelos que uniformizan el saber como un producto igual para todos, y eso sólo vale para lo que llamaríamos las ciencias cuantitativas. Uno y uno deben ser dos, y la suma de los ángulos interiores de un triángulo debe ser igual a dos rectos en cualquier lugar de la galaxia. Pero también es posible contrariar imaginativamente esas verdades, y el arte de la pedagogía debe ser capaz de hacerlo sin negarlas. La tesis elemental de que uno es igual a uno sólo funciona en lo abstracto. Sólo en abstracto una mesa es igual a otra mesa, una vaca igual a otra vaca, un hombre igual a otro hombre. No hay el mismo grado de verdad cuando pasamos de lo general a lo particular: un árbol es igual a otro árbol en abstracto, pero un pino no es igual a una ceiba, una flor de jacarandá no es igual a una flor de madreselva, y si pretendemos que un perro es igual a otro perro, nos veremos en dificultades para demostrar que un gran danés es igual a un chihuahua.

Y en cuanto a los humanos, la cosa se complica tanto que las verdades de la estadística no pueden eclipsar las verdades de la psicología o de la estética. Un hombre debe ser igual a otro hombre en las oportunidades y en los derechos, pero también es importante que sea distinto. Un hombre y un hombre posiblemente sean dos hombres, pero recuerdo ahora una frase de Chesterton, llena de conocimiento del mundo y de poder simbólico. “Dicen que uno y uno son dos, decía Chesterton, pero el que ha conocido el amor y el que ha conocido la amistad sabe que uno y uno no son dos, sabe que uno y uno son mil veces uno”. Cuando tenemos dos seres humanos juntos tenemos la posibilidad de que se enfrenten y se neutralicen, tenemos la posibilidad de que se alíen, tenemos la posibilidad de que cada uno de ellos transforme al otro, tenemos incluso la posibilidad de que se multipliquen. Para este fin no nos sirven las simples verdades de la aritmética ni las comunes verdades de la estadística.

A veces la educación no está hecha para que colaboremos con los otros sino para que siempre compitamos con ellos, y nadie ignora que hay en el modelo educativo una suerte de lógica del derby, a la que sólo le interesa quién llegó primero, quién lo hizo mejor, y casi nos obliga a sentir orgullo de haber dejado atrás a los demás. Cuando yo iba al colegio, se nos formaba en el propósito de ser los mejores del curso. Yo casi nunca lo conseguí, y tal vez hoy me sentiría avergonzado de haber hecho sentir mal a mis compañeros, ya que por cada alumno que es el primero varias decenas quedan relegados a cierta condición de inferioridad. ¿Sí será la lógica deportiva del primer lugar la más conveniente en términos sociales? Lo pregunto sobre todo porque no toda formación tiene que buscar individuos superiores, hay por lo menos un costado de la educación cuyo énfasis debería ser la convivencia y la solidaridad antes que la rivalidad y la competencia.

Pero esto nos lleva a lo que he empezado a considerar más importante. Yo no dudo que todos aspiramos, si no a ser los mejores, por lo menos a ser excelentes en nuestros respectivos oficios. A eso se lo llama en la jerga moderna ser competentes, con lo cual ya se introduce el criterio de rivalidad como el más importante en el proceso de formación. La lógica darwiniana se ha apoderado del mundo. Se supone que así como ese diminuto espermatozoide que fuimos se abrió camino entre un millón para ser el único que lograra fecundar aquel óvulo, debemos avanzar por la vida siendo siempre el privilegiado ganador de todas las carreras. Y en este momento advierto que hasta la palabra carrera, para aludir a las disciplinas escolares, parece postular esa competencia incesante.

No digo que esté mal: a lo mejor los seres humanos sólo avanzamos a través de la rivalidad. Pero estoy seguro, viendo sobre todo la pésima pedagogía de las sociedades excluyentes, que la fórmula de que uno triunfe al precio de que los demás fracasen, puede ser muy reconfortante para los triunfadores pero suele ser muy deprimente para todos los demás. No estoy muy seguro de que no sea un semillero de resentimientos. ¿No estaremos excesivamente contagiados de esa lógica norteamericana que considera que los seres humanos nos dividimos sólo en ganadores y perdedores? Hasta en el arte, reino por excelencia de lo cualitativo sobre lo cuantitativo, suele aceptarse ahora esa superstición del primer lugar, del número uno, del triunfador, y nada lo estimula tanto como los concursos y los premios. Recuerdo, ya que estamos en Buenos Aires, una anécdota de Jorge Luis Borges. Alguna vez le preguntaron cuál era el mejor poeta de Francia: Verlaine, contestó. Pero, ¿y Baudelaire? le dijeron. Ah sí, Baudelaire también es el mejor poeta de Francia. ¿Y Victor Hugo?, también es el mejor. Y Ronsard, añadió, por supuesto que Ronsard es el mejor poeta de Francia. ¿Por qué sólo uno tiene que ser el mejor?

Por otra parte, hay una separación demasiado marcada entre los medios y los fines, entre el aprendizaje y la práctica, entre los procesos y los resultados. Pero aprender debería ser algo en sí mismo, no apenas un camino para llegar a otra cosa. Diez años de estudio no se pueden justificar por un cartón de grado: deberían valer por sí mismos, darnos no sólo el orgullo de ser mejores sino la felicidad de una época de nuestra vida. Así como a medida que dejemos de vivir para el cielo aprenderemos a hacer nuestra morada en la tierra, a medida que dejemos de estudiar para el grado aprenderemos que la rama del conocimiento y el oficio que escojamos deben ser nuestro goce en la tierra.

Y ello tal vez nos ayude a avanzar en la interrogación de las claves del aprendizaje. ¿Quién dice que el aprender es algo cuantitativo, que consiste en la cantidad de información que recibamos? ¿Quién nos dice que el conocimiento es necesariamente algo que se adquiere, que se recibe? ¿Qué pasaría si el aprender fuera perder y no ganar? Tal parece que así es realmente, si pensamos en las enseñanzas de Platón, para quien aprender de verdad no es tanto recibir una carga de saber nuevo sino renunciar o poner en duda un saber previo posiblemente falso. Platón decía que la ignorancia no es un vacío sino una llenura. El que no sabe es el que más cree saber. Cuando en un momento de nuestro aprendizaje alguien nos pregunta, por ejemplo, por qué las cosas caen hacia el suelo, es frecuente que respondamos, porque es lógico, porque tiene que ser así.

Alguien socráticamente nos demostrará que no es lógico, que no tiene que ser así, y nos mostrará que hay cosas que no caen, como las nubes, o los globos, o la luna, y que por lo tanto el caer no es una necesidad sino algo que obedece a una ley que merece ser interrogada. Nos demostrarán que lo que parecía ser evidente no era más que nuestra falta de interrogación, y que muchas certezas que tenemos podrían derrumbarse. Todo está comprendido en otro famoso aforismo de Wilde: “No soy lo suficientemente joven para saberlo todo”.

No somos cántaros vacíos que hay que llenar de saber, somos más bien cántaros llenos que habría que vaciar un poco, para que vayamos reemplazando tantas vanas certezas por algunas preguntas provechosas. Y tal vez lo mejor que podría hacer la educación formal por nosotros es ayudarnos a desconfiar de lo que sabemos, darnos instrumentos para avanzar en la sustitución de conocimientos. Pero ¿estará dispuesto un joven a pagar por un modelo educativo que en vez de convencerlo de que sabe lo convenza de que no sabe? Posiblemente no, pero entonces llegamos a uno de los secretos del asunto. Claro que la escuela puede darnos conocimientos y destrezas, pero a ello no lo llamaremos en sentido estricto educación sino adiestramiento. Y claro que es necesario que nos adiestren. Pero mientras la educación siga siendo sólo búsqueda del saber personal o de la destreza personal, todavía no habremos encontrado el secreto de la armonía social, porque para ello no necesitamos técnicos ni operarios sino ciudadanos.

¿Dónde se nos forma como ciudadanos? Y ¿dónde se nos forma como seres satisfechos del oficio que realizan? El tema de la felicidad no suele considerarse demasiado en la definición de la educación, y sin embargo yo creo que es prioritario. Creo que necesitamos profesionales si no felices por lo menos altamente satisfechos de la profesión que han escogido, del oficio que cumplen, y para ello es necesario que la educación no nos dé solamente un recurso para el trabajo, una fuente de ingresos, sino un ejercicio que permita la valoración de nosotros mismos. Pienso en la felicidad que suele dar a quienes las practican las artes de los músicos, de los actores, de los pintores, de los escritores, de los inventores, de los jardineros, de los decoradores, de los cocineros, y de incontables apasionados maestros, y lo comparo con la tristeza que suele acompañar a cierto tipo de trabajos en los que ningún operario siente que se esté engrandeciendo humanamente al realizarlo. Nuestra época, que convierte a los obreros en apéndices de los grandes mecanismos, en seres cuya individualidad no cuenta a la hora de ejercitar sus destrezas, es especialmente cruel con millones de seres humanos.

No se trata de escoger profesiones rentables sino de volver rentable cualquier profesión precisamente por el hecho de que se la ejerce con pasión, con imaginación, con placer y con recursividad. Podemos aspirar a que no haya oficios que nos hundan en la pesadumbre física y en la neurosis.

La creencia de que el conocimiento no es algo que se crea sino que se recibe, hace que olvidemos interrogar el mundo a partir de lo que somos, y fundar nuestras expectativas en nuestras propias necesidades. Algunos maestros lograron, por ejemplo, la proeza de hacerme pensar que no me interesaba la física, sólo porque me trasmitieron la idea de la física como un conjunto de fórmulas abstractas y problemas herméticos que no tenía nada que ver con mi propia vida. Ninguno de ellos logró establecer conmigo una suficiente relación de cordialidad para ayudarme a entender que centenares de preguntas que yo me hacía desde niño sobre la vista, sobre el esfuerzo, sobre el movimiento y sobre la magia del espacio tenían en la física su espacio y su tiempo.

Es más, nadie supo ayudarme a ver que buena parte de las angustias, los miedos y las obsesiones que gobernaron el final de mi adolescencia eran lujosas puertas de entrada a algunos de los temas más importantes de la psicología, de la filosofía y de la metafísica. Si uno sale del colegio para entrar en la ciudad, en el campo o en la noche estrellada, eso equivale a decir que uno a menudo sale de las aulas para entrar en la sociología, en la botánica o en la astronomía.

Solemos separar en realidades distintas la habitación, el estudio, el trabajo y la recreación, de modo que la casa, la escuela, el taller y el area de juegos son lugares donde cumplimos actividades distintas. Para Samuel Johnson la casa era la escuela, para William Blake y para Picasso una casa era un taller o no era nada, para Oscar Wilde no podía haber un abismo entre la creación y la recreación. A diferencia del Renacimiento, donde había verdaderos pontífices, es decir, hacedores de puentes entre disciplinas distintas, hoy nos gusta separar todo, llegamos a creer que es posible estudiar por separado la geografía y la historia, creemos que no hay ninguna relación entre la geometría y la política. Sin embargo en nuestras sociedades está claro que estar en el centro o en la periferia es ciertamente un asunto político.

¿Por qué asumir pasivamente los esquemas? ¿Por qué las enfermeras no pueden ser médicos? ¿Por qué aceptar un tipo de parámetro profesional que convierte un oficio en una limitación insuperable? Nada debería ser definitivo, todo debería estar en discusión.

Solemos ver, por ejemplo, la educación como el gran remedio para los problemas del mundo; solemos ver el aprendizaje como la más grande de las virtudes humanas. Y lo es. Pero precisamente por ello hay que decir que ese aprendizaje es también una grave responsabilidad de la especie. Para aproximarnos un poco a este tema hay que pensar en el resto de las criaturas. Se diría que el saber instintivo de las especies es una suerte de seguro natural contra los accidentes y los imprevistos. Nada nos permite tanto confiar en una abeja, como la certeza de que siempre sabrá hacer miel y nunca se le ocurrirá destilar otra cosa. Si un día las abejas optaran por producir vinagre o ácido sulfúrico, el caos se apoderaría del mundo. Un perro o un oso pueden ser adiestrados para que repitan ciertas conductas, pero el ser humano es el único capaz de aprender y sobre todo el único capaz de inventar cosas distintas. La conclusión necesaria de esta reflexión es que los seres humanos aprendemos, y porque aprendemos somos peligrosos. No somos una inocente abeja destilando para siempre su cera y su miel, sino criaturas admirables y terribles capaces de inventar hachas y espadas, libros y palacios, sinfonías y bombas atómicas.

Nuestras virtudes son también nuestras amenazas; el privilegio de pensar, el privilegio de inventar y el privilegio de aprender comportan también aterradoras responsabilidades, y un filósofo se atrevió ya a decirle a la humanidad algo que no esperaba oír: “perecerás por tus virtudes”.

Cada vez que nos preguntamos qué educación queremos, lo que nos estamos preguntando es qué tipo de mundo queremos fortalecer y perpetuar. Llamamos educación a la manera como trasmitimos a las siguientes generaciones el modelo de vida que hemos asumido. Pero si bien la educación se puede entender como trasmisión de conocimientos, también podríamos entenderla como búsqueda y transformación del mundo en que vivimos.

A veces, mirando la trama del presente, la pobreza en que persiste media humanidad, la violencia que amenaza a la otra media, la corrupción, la degradación del medio ambiente, tenemos la tendencia a pensar que la educación ha fracasado. Cada cierto tiempo la humanidad tiende a poner en duda su sistema educativo, y se dice que si las cosas salen mal es porque la educación no está funcionando. Pero más angustioso resultaría admitir la posibilidad de que si las cosas salen mal es porque la educación está funcionando. Tenemos un mundo ambicioso, competitivo, amante de los lujos, derrochador, donde la industria mira la naturaleza como una mera bodega de recursos, donde el comercio mira al ser humano como un mero consumidor, donde la ciencia a veces olvida que tiene deberes morales, donde a todo se presta una atención presurosa y superficial, y lo que hay que preguntarse es si la educación está criticando o está fortaleciendo ese modelo.

¿Cómo superar una época en que la educación corre el riesgo de ser sólo un negocio, donde la excelencia de la educación está concebida para perpetuar la desigualdad, donde la formación tiene un fin puramente laboral y además no lo cumple, donde los que estudian no necesariamente terminan siendo los más capaces de sobrevivir? ¿Cómo convertir la educación en un camino hacia la plenitud de los individuos y de las comunidades?

Para ello también hay que hablar del modelo de desarrollo, que suele ser el que define el modelo educativo. Durante mucho tiempo los modelos de Occidente han sido la productividad, la rentabilidad y la transformación del mundo. Pero hay un tipo de productividad que ni siquiera nos da empleo, un tipo de rentabilidad que ni siquiera elimina la miseria, una transformación del mundo que nos hace vivir en la sordidez, más lejos de la naturaleza que en los infiernos de la Edad Media. ¿Y qué pasaría si de pronto se nos demostrara que el modelo de desarrollo tiene que empezar a ser el equilibrio y la conservación del mundo? ¿Qué pasaría si el saber cuantitativo que transforma es reemplazado por el saber previsivo que equilibra, si el poder transformador de la ciencia y la tecnología se convierte en un saber que ayude a conservar, que no piense sólo en la rentabilidad inmediata y en la transformación irrestricta sino en la duración del mundo?

Con ello lo que quiero decir es que nosotros podemos dictar las pautas de nuestro presente, pero son las generaciones que vienen las que se encargarán del futuro, y tienen todo el derecho de dudar de la excelencia del modelo que hemos creado o perpetuado, y pueden tomar otro tipo de decisiones con respecto al mundo que quieren legarles a sus hijos. A lo mejor los grandes paradigmas al cabo de cincuenta años no serán como para nosotros el consumo, la opulencia, la novedad, la moda, el derroche, sino la creación, el afecto, la conservación, las tradiciones, la austeridad. Y a lo mejor ello no corresponderá ni siquiera a un modelo filosófico o ético sino a unas limitaciones materiales.



A lo mejor lo que volverá vegetarianos a los seres humanos no serán la religión o la filosofía sino la física escasez de proteína animal. A lo mejor lo que los volverá austeros no será la moral sino la estrechez. A lo mejor lo que los volverá prudentes en su relación con la tecnología no será la previsión sino la evidencia de que también hay en ella un poder destructor. A lo mejor lo que hará que aprendan a mirar con reverencia los tesoros naturales no será la reflexión sino el miedo, la inminencia del desastre, o lo que es aún más grave, el recuerdo del desastre.