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Las contradicciones de la renovación urbana en el centro de Bogotá

septiembre 15, 2022 Add Comment



El Plan Parcial de Renovación Urbana, del Triángulo de Fenicia (Decreto 146 del 30 de marzo de 2016), se ha constituido en un paradigma de enajenación involuntaria en el cual los propietarios son obligados a vender so pena de ser expropiados.

 Por: Felipe Pineda Ruiz

 El centro de Bogotá es el reflejo de las disparidades culturales, económicas y sociales del país. Aunque éste alberga uno de los enclaves financiero-bancarios más robustos de Colombia, una de las tres localidades que lo conforman, Santa Fe, es una de las cuatro con mayor población en condición de pobreza en la ciudad, alcanzando el 23,2% de sus habitantes. Santa Fe es a su vez una de las dos localidades con más alto porcentaje de pobreza multidimensional, 17,4%, solo superada por Bosa (DANE - SDP Encuesta Multipropósito 2014).

 

En el centro de Bogotá coexisten no solo personas de diferentes regiones y etnias sino una amalgama de dinámicas que se yuxtaponen. En un territorio de tan solo 130.000 habitantes barrios populares colindan con otros de estratos 4 y 5. En pocos metros es posible cotejar realidades diametralmente opuestas. Y es precisamente ese uno de los puntos nodales de la discordia: la gentrificación.

 

Entendida como “la transferencia de un lugar de una clase a otra, implique o no cambios físicos” (Salins, 1979:3) la gentrificación está cambiando las dinámicas del centro mediante el auge de una burbuja inmobiliaria sin precedentes en este sector.

 

Proyectos como City U (perteneciente al triangulo de Fenicia), BD Bacatá, Museo Parque Central, Entrecalles, las Torres Atrio, y la Torre Barcelona han valorizado el precio de los suelos del sector sin generar plusvalías, medidas en transferencia de rentas y beneficios tangibles, para los moradores de las zonas adyacentes.

 

Este proceso ha devenido en dividendos económicos para los constructores, traducidos en aumentos exorbitantes del valor del metro cuadrado en ciertas zonas del centro de la ciudad (https://bit.ly/2Ln7BoL). El auge de nuevas construcciones ha traído consigo centenares de nuevos residentes con niveles educativos, y adquisitivos, más altos que los de la media de los habitantes con cierta antigüedad en el sector. La oferta de apartamentos en alquiler, y de bienes y servicios, aumentó de la misma forma que el costo de vida en el sector (muy por encima del IPC decretado por el Gobierno Nacional).

 

Lo anterior ha terminado por configurar un proceso de gentrificación menos agresiva, cuyos afectados son personas que ante esta sumatoria de variables han optado por alejarse del sector. De otra parte, no todos los proyectos urbanísticos en el centro han sufrido procesos de beneficio recíproco en las negociaciones entre constructores y propietarios. El Plan Parcial de Renovación Urbana, del Triángulo de Fenicia (Decreto 146 del 30 de marzo de 2016), se ha constituido en un paradigma de enajenación involuntaria en el cual los propietarios son obligados a vender so pena de ser expropiados.

 

Mediante una sofisticada estrategia de relaciones públicas, en la cual la premisa de la “responsabilidad social empresarial” emerge como un salvavidas para la “subclase” empobrecida del sector, la Universidad de Los Andes ha vendido el proyecto como una oda a la filantropía, que se resume en uno de los apartes de su sinuosa campaña: “por eso queremos invitarlos, queridos propietarios, a que se asocien, a que no se vayan del barrio. Bajo un esquema de vinculación, el proyecto reemplazará los metros actuales por metros en la Fenicia renovada. Vecino, no se quede por fuera. Haga parte de la renovación” (https://bit.ly/2uvBbSJ).

El POT de Bogotá: qué es y cómo puede mejorarse

septiembre 12, 2022 Add Comment

El Concejo de Bogotá empezará a estudiar un nuevo Plan de Ordenamiento Territorial. En qué consiste el proyecto, cómo ha sido recibido y cómo hacerlo útil y factible en los tiempos que corren.

Por: Ernesto Guhl / Razón Pública 

Se necesita un nuevo POT

Este 10 de septiembre la Alcaldía de Bogotá presentará al Concejo Distrital el nuevo Plan de Ordenamiento Territorial (POT)l.

En otras ocasiones esta etapa final había fracasado debido a los conflictos entre distintas visiones de la ciudad y entre intereses políticos y económicos en juego. Por eso hay expectativas sobre lo que suecederá con el proyecto en las próximas semanas.

El POT es un instrumento creado por la ley, con vigencia de doce años, para establecer las actividades que pueden realizarse y dónde deben ubicarse. Su intención es hacer que la vida en la ciudad sea más ordenada, fácil y amable para todos.

Estos propósitos no se han cumplido en Bogotá. La ciudad es cada vez más insegura, caótica y congestionada. Lo usos del suelo se siguen rigiendo por el POT de 2004, una norma desactualizada cuyas disposiciones son inadecuadas para afrontar las realidades ecológicas y socioeconómicas que vivimos.

Las administraciones de Gustavo Petro y Enrique Peñalosa prepararon proyectos de POT que se quedaron en el papel, y esto aumenta la necesidad de un nuevo POT que oriente la ciudad y contribuya a hacer realidad el “orden deseado”.

El proyecto y sus críticos

La administración de Claudia López viene preparando un proyecto que ha llamado “El renacer de Bogotá”: un extenso documento, con más de 600 artículos, 14 programas y 41 subprogramas.

El proyecto ha sido duramente criticado, especialmente por sus propuestas urbanísticas y arquitectónicas, que harían de la ciudad una de las más densas del mundo. También se le ha reprochado proponer una división urbana simplista, que ignora la realidad de sus varias localidades, con una gobernanza ineficaz y poco participativa.

Se han puesto en duda las cifras demográficas que emplea la Alcaldía para definir temas vitales, como la necesidad de vivienda, y se ha señalado que las propuestas en materia de movilidad, además de ser costosas e incipientes, carecen de sustento. También se ha dicho que el POT no considera el valor patrimonial de la ciudad construida y que trata muy superficialmente sus territorios rurales.

Pero en defensa del Plan se reconoce su avance sustancial en temas ambientales: el proyecto crea nuevas áreas protegidas y humedales e incluye herramientas para mejorar la calidad del aire y conservar la Estructura Ecológica Principal y el espacio rural en el borde norte.

Incertidumbre y gobernanza

El período en el que vivimos, denominado Antropoceno, se caracteriza por la incertidumbre. El Antropoceno ha creado un conjunto de riesgos de tal magnitud que algunos lo consideran una crisis civilizatoria. Quedaron atrás los tiempos cuando quizás habría sido posible prever con alguna certeza los cambios biofísicos y sociales.

Por eso es indispensable reemplazar los planes rígidos, estáticos y poco incluyentes, por instrumentos flexibles, que permitan adaptar rápidamente la gestión de la ciudad a situaciones emergentes e impredecibles. Es necesario adaptarse para responder a nuevas realidades sociales, políticas, económicas y ecológicas, como el aumento de la pobreza derivado de la pandemia o las implicaciones de la migración venezolana.

El mejor ejemplo de este tipo de situaciones es el cambio climático, que tiene implicaciones sobre los patrones de lluvia y de sequía, la biodiversidad, la seguridad alimentaria y la salud. El proyecto de POT debería abordar este y otros temas, por ejemplo, ¿qué efecto tendrá sobre los páramos y sus servicios ecosistémicos relacionados con el agua? ¿Cómo asegurará su disponibilidad futura para la ciudad y la región?

La nueva planificación de Bogotá debe basarse en el conocimiento y la ciencia.

La adecuación y el éxito del Plan dependen además de que adoptemos mejores formas de gobernanza, es decir, procesos participativos y articuladores, que superen la visión jerárquica y la rigidez del sistema tradicional.

Para ser exitosas, estas formas de gobernanza deben contar con sistemas de monitoreo y veedurías ciudadanas, que hagan el seguimiento continuo al estado del territorio y prevean los riesgos que lo amenazan. El papel activo e informado de la ciudadanía y del sector privado en estos procesos es esencial para lograr su legitimidad y el buen uso de los recursos públicos.

La visión regional

El proyecto de POT se concentra en el perímetro urbano, trata de manera muy tímida los aspectos de la parte rural de su territorio e ignora aquellos relacionados con la escala regional. No aborda asuntos que se extienden hasta municipios distantes, pero que tienen implicaciones para la ciudad, por ejemplo, la producción de alimentos o la preservación y restauración de la Estructura Ecológica Principal Regional.

Estas debilidades tienen su origen en la Ley 388 de 1997, que creó los POT con una incompleta concepción del territorio. Por ser una modificación de la ley de reforma urbana de 1989, los POT se crearon como una herramienta principalmente municipal y urbana, con un alcance restringido a la jurisdicción local. Es decir, se pensó a los municipios como unidades aisladas, en lugar de entenderlos como partes de un sistema territorial que deben integrarse.

Esto impide que los POT consideren los hechos de carácter metropolitano y regional y los determinantes ambientales supramunicipales, como la Estructura Ecológica Principal Regional y los factores de tipo orográfico e hidrológico. También impide reconocer el hecho de que las huellas ecológicas y funcionales de las ciudades superan los límites municipales.

Por ejemplo, la huella hídrica de Bogotá, que ha venido aumentando desde los años 1950, alcanza a municipios distantes donde se ubican las represas que surten de agua a la ciudad y a varios municipios cercanos. Además, los impactos ambientales de las aguas servidas de Bogotá y su región afectan toda la cuenca baja del río Bogotá y, aguas abajo, por el río Magdalena.

Con la visión regional, la planificación adquiere un sentido más integral, realista y participativo. El territorio se entiende como una construcción social, conformada por una unidad espacial con componentes rurales y urbanos interdependientes, que busca mantener la estructura y función de sus ecosistemas y atender las necesidades de su población. Así, se liga íntimamente la ciudad con el espacio rural que le brinda sus bienes y servicios.

Además, la población de Bogotá, agobiada por la inseguridad y las dificultades para la movilización, se está escapando de la ciudad hacia municipios vecinos. Esto ha dado pie a la “urbanización de la Sabana”, cambiando el uso de sus excelentes suelos agrícolas para dedicarlos a la construcción de vivienda. Los motores de este cambio son los intereses de los constructores y la venta de agua en bloque de la Empresa de Acueducto de Bogotá.

El POT y la Región Metropolitana

La falta de planificación regional se ha tratado de remediar con figuras como la Región Administrativa y de Planeación Especial (RAP-E) y, recientemente, la Región Metropolitana Bogotá. Es indispensable armonizar el POT con estas entidades regionales.

En todo caso, es importante tener en cuenta que la delimitación de la Región Metropolitana Bogotá la hace insuficiente para abordar los hechos regionales, pues se basa principalmente en consideraciones políticas y económicas. Por ahora, la Región no contempla factores tan críticos como los ecosistémicos y los hidrológicos. Además se propone como una agregación voluntaria de entidades territoriales colindantes, lo que le resta estabilidad a su conformación espacial.

Pretender encerrar el POT en los límites del Distrito Capital, sin considerar las realidades urbano-rurales y regionales, es un grave error conceptual y práctico. El POT debería establecer mecanismos de planificación, articulación y cooperación con las entidades territoriales de su amplio territorio de influencia directa. También debería incluir elementos nuevos, como la gestión integrada del agua y el territorio y la delimitación de una región hídrica de Bogotá.

Con ese propósito, por ejemplo, la Alcaldía podría revivir el fallo del Consejo de Estado sobre la descontaminación del río Bogotá. Por ejemplo, podría liderar un proyecto que diera vida jurídica a la instancia coordinadora regional y al fondo de cofinanciación para descontaminar el río. Además podría proponer una reforma de la Ley 388, para beneficio de todo el país. Con esto se lograría una mejor ordenación del territorio nacional, que sea más clara, descentralizada y efectiva y que esté adaptada a las nuevas visiones y realidades.

Si queremos que la ciudad y la región cuenten con una carta de navegación inteligente, el Concejo de Bogotá debe analizar el POT teniendo en cuenta las recomendaciones de la sociedad civil y del Consejo Territorial de Planeación del Distrito Capital (CTPD).

Esta puede ser una oportunidad para demostrar que es posible resolver los conflictos, de manera pacífica, dándole prioridad al bien público y al bienestar de la ciudadanía.

¿Está fallando la política de casas declaradas patrimonio en Bogotá?

julio 18, 2022 Add Comment

Desde el Concejo de Bogotá llovieron críticas sobre el modelo de la conservación de casas, edificios y barrios declarados patrimonio. Demoras en la atención, alivios fiscales injustificados y falta de acceso fueron algunas de las críticas. 


En la capital del país, según el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, hay 6404 casas, edificios y barrios declarados de patrimonio histórico y cultural. Sin embargo, como lo asegura la entidad del Distrito se desconoce si estoy predios se encuentran en buen, regular o mal estado por falta de información reportada. Esta es la punta de iceberg de la controversia en torno a la política pública de bien de interés cultural (BIC), que fue sometido a debate de control político en el Concejo de Bogotá.

Los elementos que se cuestionan son fundamentalmente tres: su localización, su conservación y el conocimiento de los mismos por los bogotanos. De esta manera, la controversia indica que los costos y beneficios, de la actual estructura de preservación de bien de patrimonio cultural, se encuentra desequilibrada.

“En Bogotá hemos entendido el patrimonio, hasta ahora, como preservar las arquitectura colonial, y las casas Tudor, que parecen inglesas en Teusaquillo, en La Merced. Aunque esto es valioso y hace parte de la historia de la ciudad, los barrios populares también tienen una historia que vale la pena conservar”, aseguró el concejal Diego Laserna (Alianza Verde).

De esta manera, al observar la distribución de los bienes declarados por el Distrito como patrimonio se consta que la gran mayoría, de manera desproporcionada, se encuentran en el centro y en el norte de la ciudad. Por lo que, advierte el concejal Laserna, habría un sesgo en la manera en que se está conservando la historia en la capital del país.

Por su parte, otro problema planteado durante el debate fue la ineficiencia del modelo de conservación, que para algunos propietarios de estos predios se puede convertir en una carga importante o un alivio desproporcionado. Detrás de la política actual de preservación del patrimonio material de la ciudad, se ofrecen descuentos tributarios a los dueños de los bienes a cambio de que no se modifiquen las casas o barrios, y además para que los dueños asuman los costos de conservación de las casas.

Por esta situación tanto los propietarios de casas declaradas como patrimonio, o las casas colindantes deben pedir permiso al IDPC para realizar adecuaciones a las casas, lo que se ha vuelto un dolor de cabeza por lenta atención por parte de la entidad. En ese sentido, hay casos caso de solicitudes para intervenir Bien de Interés Cultural (BIC) que duran hasta 700 días en el permiso del IDPC, según indicó la entidad en un derecho de petición.

“Hay un caso de un propietario a quién se le está cayendo un muro de la casa, y lleva seis meses pidiendo al IDPC para que levantar el muro, y no se le caiga encima. Además, por el momento que estamos viviendo de la suspensión del POT, la entidad le pidió que hablará con una abogada, ya que el Instituto no sabe que hacer en el área gris que estamos”, manifestó el concejal Juan Baena (Nuevo Liberalismo).

A esto se le suma, que es tan la presión sobre los propietarios de los BIC que estos piden ser sacados de esta categoría por altos costos de mantenerlos, hasta el punto que en algunos casos abandonan su predios para que luego sean declarados en ruina, y poder vender el suelo.

Por otra parte, una parte la críticas reside en que un gran parte de los bienes declarados como patrimonio no están al acceso del público, lo que solo generaría beneficios para los privados y no para la ciudad.

“Alos clubes sociales les cobran una tarifa de predial menor que una panadería o pastelería por ser declarados como patrimonio. En el caso del Club Los Lagartos, ese descuento le cuesta a la ciudad $350 millones, ¿pero qué ganan los bogotanos que no son socios de ese club porque sean declarados como patrimonio?”, señaló el concejal Laserna.

Frente a la sostenibilidad a la conservación, varios concejales criticaron que en el POT 2022-2035 (que se encuentra suspendido) se prohíba el uso de bienes de interés cultural para servicios especiales fuera de uso original, es decir se prohíbe la venta de alcohol o instalación de restaurantes, por ejemplo.

Esto último fue, sin embargo, criticado por otros concejales y el Distrito que participaron en el debate señalando que el uso de estos espacios para el comercio puede generar procesos de gentrificación que desnaturalicen la naturaleza de los predios.

“Nos preocupa la gentrificación, si permitimos que bares empiecen a llegar al centro histórico, esos sitios no son asequibles para las personas que viven allí, sino los que llegan ocasionalmente allí, y empieza a ver que el entorno es interesante, y empieza a querer vivir ahí, y el precio de suelo empieza a subir, lo que culmina endel sector”, indicó Patrick Morales, director del IDPC.

Por su parte, destacó el proyectos como el SISBIC, que permite ver el inventario de los BIC en Bogotá, su ubicación e historia para que los capitalinos se acerquen a ella. Por su parte, con un presupuesto de $24 mil millones, la entidad aseguró estar adelantando las acciones correspondientes para mejorar la situación de patrimonio en la ciudad.

El drama de la peatonalización de la séptima

julio 14, 2022 Add Comment


Comerciantes de la carrera séptima dicen que al contratista de la peatonalización, Peatones Go, se le acabó la plata. Saldo? 20 meses de retraso de la obra y atracos a diario.

Por: Felipe Pineda Ruiz

Nos vendieron la séptima peatonal como una emulación de Berlín. Lo que terminamos viendo fue que esto se convirtió en Afganistán”, dice don Pedro, uno de los pintores tradicionalmente ubicados en el primer piso de la Empresa de Teléfonos de Bogotá (ETB).

 

No es una exageración: el drama del contrato de la séptima peatonal parece no tener fin. Firmado en febrero de 2015, durante la administración de Gustavo Petro (ver copia), la obra contempla más de 33.000 metros cuadrados de espacio público y 1.1 kilómetros de cicloruta, en un corredor que limita el tránsito rápido de las bicicletas.

 

El presente artículo tiene como eje central la fase 2 de la obra, comprendida entre la Avenida Jiménez y la Calle 24. La fase 1, entre la Plaza de Bolívar y la Avenida Jiménez, fue terminada a finales de 2015.

 

Entre comienzos de 2016, y agosto de 2017, la obra estuvo detenida debido al incumplimiento del contratista, Peatones Go, quien en la actualidad aduce problemas financieros que le impiden terminar la intervención. Parece que la obra se esfuma vertiginosamente, como la discreta gestión de Peñalosa en las encuestas.

 

Lo que en principio pensaba ser mostrado como el paradigma de la renovación urbana del centro, ha terminado convertido en un elefante blanco que desplomó los ingresos de los comerciantes del sector, como se desprende de la encuesta de percepción de inseguridad, realizada por Fenalco en 2017.

 

Para complejizar todavía más el problema, en las últimas semanas la maquinaria, junto con los obreros, han desaparecido. Vecinos y comerciantes alertan desde ya sobre un posible abandono de la intervención, por parte del contratista. La ciudadanía exige planes de acción contingentes, y efectivos, para que los $34.382 millones de pesos que costó la obra no se pierdan.

 

De la promesa de una céntrica séptima sin parque automotor, colmada de cafés al aire libre, desbordada de actividades culturales y evocaciones parisinas, mutamos a la séptima tomada por la indigencia y las ventas ambulantes desreguladas. En lugar de sentirnos arropados, por el aire del frío paramuno y la calidez de otras personas, pasamos a temerle a la noche, y a los ladrones que aparecen súbitamente en la polisombra.